¿Qué ocurre con mis redes sociales si fallezco? ¿Es posible la herencia digital?

por | Civil

No hay duda de que la vida ha cambiado mucho en las últimas décadas. El principal agente dinamizador de estos cambios ha sido Internet, que ha tenido importantes implicaciones en la sociedad, en la economía y, también, en el ámbito jurídico.

Es cierto que, por desgracia, los cambios sociales, especialmente aquellos que se producen de forma abrupta, marcan un ritmo difícil de seguir para el Derecho. Pero, poco a poco, los ordenamientos jurídicos van actualizándose y aceptando las nuevas realidades que tan presentes están en la vida de los ciudadanos.

El mundo digital puede llegar a tener y tiene implicaciones inimaginables en la sociedad, afectando a prácticamente todos los ámbitos vitales. Un buen ejemplo de ello es la denominada “herencia digital”.

Pero, antes de entrar en consideración de lo que es la herencia digital, hay que dar un paso atrás para atender al propio concepto de herencia. El artículo 659 del Código Civil de nuestro país expresa lo siguiente: “La herencia comprende todos los bienes, derechos y obligaciones de una persona, que no se extingan por su muerte”.

Es decir, es herencia el conjunto de relaciones jurídicas y de bienes que una persona deja tras de sí una vez que se produce su fallecimiento. Pero la herencia ya no es solo física o tangible. También se cuela en Internet.

Hay una serie prácticamente infinita de bienes que una persona cualquiera va acumulando en la Red, incluso sin darse cuenta. Así, se podrían considerar bienes digitales el perfil que se posee en redes sociales como Facebook, Instagram, Twitter o LinkedIn, pero también todos los archivos y documentos que alguien tiene almacenados en la nube, así como la bandeja de su correo electrónico. Todos estos datos van forjando lo que se conoce como identidad digital, que una persona posee desde el instante mismo en que empieza a relacionarse con Internet.

 Asimismo, los bienes digitales pueden tener también valor económico, como los puntos que se acumulan en la tarjeta de fidelidad de un comercio digital o incluso los famosos Bitcoins, la moneda virtual más conocida del mundo (pero no la única). Aunque en esta cuestión hay que tener en cuenta que en la mayoría de bienes que se obtienen en formato digital, como es el caso de los libros, películas, música o videojuegos, lo que se obtiene no es una propiedad sino un derecho de uso. Este tipo de derechos se extinguen una vez que se produce el fallecimiento.

Es decir, al valor sentimental que para los familiares puede tener el perfil de Facebook de un fallecido se une un valor patrimonial que puede llegar a ser en algunos casos incluso de mayor valor que las pertenencias físicas. Sin olvidar la posible existencia de deudas digitales, que pueden mermar el patrimonio del finado. En resumen, la herencia digital puede llegar a ser de una enorme importancia y no conviene dejarla al margen.

Y si dicha herencia es relevante en la vida de una persona cualquiera, ni que decir tiene que el fenómeno influencer lleva las cosas un poco más allá. Existen numerosos profesionales que se han hecho un nombre en la Red, dejando a su muerte un extenso patrimonio digital sujeto a la Ley de Propiedad Intelectual. Los youtubers o instagramers más populares pueden incluso haber llegado a formar una marca digital, reconocible por una gran parte de las personas, que sus herederos podrían explotar durante los siguientes 70 años, como marca la legislación sobre propiedad intelectual en términos generales.

El propio fallecido, denominado causante, puede haber establecido lo que quiere que ocurra con este patrimonio digital en su testamento. En ese caso, si el causante dejó expresada de forma clara su voluntad, se deberían seguir sus indicaciones. Pero, ¿qué ocurre si no hizo testamento o no hizo referencia en el mismo a su patrimonio digital? En este caso, habría que acudir a las reglas generales, puesto que el ordenamiento jurídico actual carece de una regulación jurídica específica al respecto.

En este sentido, lo lógico será que lo primero que interese a sus familiares sea proteger el honor, la imagen o la intimidad de la persona fallecida. El artículo 4 de la Ley Orgánica 1/1982, de 5 de mayo, de Protección Civil del Derecho al Honor, a la Intimidad Personal y Familiar y a la Propia Imagen permite al cónyuge, a los ascendientes, descendientes y hermanos del causante realizar todas aquellas acciones de protección que el propio fallecido hubiera realizado en vida, incluyendo su reputación digital.

En este momento, hay que señalar la importancia del denominado derecho al olvido. El 13 de mayo de 2014, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) publicó una sentencia que establecía el derecho de supresión en los buscadores de Internet, también llamado derecho al olvido. Es decir, evitar la difusión de determinada información sensible en los buscadores de Internet cuando la información es obsoleta o carece ya de interés público.

Asimismo, la Ley Orgánica de Protección de Datos permite a los herederos que acrediten adecuadamente su condición dirigirse a los responsables de tratamiento de datos para acceder, rectificar o suprimir los datos personales del fallecido. Todo ello a pesar de que el Tribunal Constitucional ya expresó en su sentencia 292/2000 que el derecho a la protección de datos desaparece con la muerte.

Pero, en todo caso, conviene siempre incluir en el testamento el posible testamento digital. Es decir, hacer una transmisión testamentaria para los bienes y derechos que se poseen en la Red del mismo modo que se hace para el resto de bienes y derechos. Incluso se puede nombrar un albacea digital, distinto del albacea general, que se ocupará exclusivamente de hacer cumplir nuestra voluntad en lo que a Internet se refiere.

Este albacea digital (o el albacea universal, en el caso de que se le haya dado el poder para ello) será la única persona que podrá gestionar las cuentas del causante. Además, existen una serie de empresas especializadas en herencia digital que se encargan específicamente de hacer cumplir la voluntad de su cliente en la Red tras el momento de su fallecimiento.

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